Como ya hemos hablado en el post anterior sobre la tristeza, todas las emociones son necesarias, ya que nos transmiten información y cumplen una finalidad, y, por tanto, su entendimiento es crucial para manejarnos en el mundo.
El enfado, igual que la tristeza, es una emoción básica y universal, además de necesaria y adaptativa, aunque en muchas ocasiones sea una emoción socialmente rechazada. Suele ser una emoción identificada como desagradable, de esas que no suele gustar sentir e intentamos evitar y suprimir como se pueda. Además, es una emoción que prepara al cuerpo para el ataque, porque de alguna manera, algo que para nosotros es importante, se está viendo atacado o dañado. De igual forma, el enfado nos informa de que se está cometiendo una injusticia, o que se están sobrepasando nuestros límites de alguna forma, por lo que es la emoción que nos protege y nos ayuda a poner límites para defendernos.
Las reacciones del cuerpo ante el enfado se llaman manifestaciones del enfado, que, básicamente, hace referencia a lo que nos ocurre y hacemos con esta emoción.
¿Qué le ocurre a nuestro cuerpo cuando nos enfadamos?
La funcionalidad real evolutiva de esta emoción es la lucha, por lo que nuestro cuerpo se activa, de forma inconsciente, para responder a esta necesidad. Esta activación se regula a través de una estructura cerebral llamada amígdala, que se encarga de preparar al cuerpo para que reaccione ante una amenaza, por lo que, a nivel fisiológico, nuestro sistema nervioso autónomo (SNA) – involuntario, inconsciente y automático- se hiperactiva, lo que provoca un aumento de la tasa cardíaca, tensión corporal, aceleración de la respiración, nerviosismo… aumentando la energía corporal, poniéndonos en alerta y preparándonos para esa “lucha”.
¿Cómo actuamos cuando nos enfadamos?
Pongamos un ejemplo: Tenemos una discusión con un amigo, en la que nos hemos enfadado con él por la forma en la que nos ha hablado. Ahora bien, podemos:
- No expresarle que nos sentimos enfadados, aguantarnos esa sensación hasta que estallamos, sacándolo después de un tiempo de forma más explosiva con gritos, insultos…
- No le expresamos que estamos enfadados, pero no paramos de darle vueltas.
- Le expresamos que estamos enfadados de forma agresiva, ya sea verbal o físicamente.
- Le expresamos de forma asertiva lo que nos ha enfado de la discusión.
¿Cuál de las opciones creéis que es una manifestación del enfado mejor gestionada? Seguramente todos/as hayáis dicho que el punto 4.
Pero, y entonces… ¿por qué se nos complica tanto en ciertas ocasiones gestionar el enfado?
El enfado, lleva consigo una sensación de amenaza, por lo que en cada uno se generará su propia afectación y una reacción diferente, dependiendo de distintos factores como, nuestros referentes familiares, nuestro nivel de tolerancia a la frustración, nuestro estado anímico general, nuestras expectativas, etc. Esta variabilidad de reacciones hace que, mientras que algunas personas vayan acumulando enfados hasta estallar de forma desproporcionada, otras se enfaden menos o lo transmitan de forma más asertiva.
El enfado puntual es totalmente normal e incluso, saludable, mientras que vivir desbordado por esta emoción puede llegar a instaurarnos en un estado emocional muy negativo. No obstante, el enfado puntual y la capacidad de expresar nuestro malestar ante las situaciones injustas o las situaciones que creemos que se han vulnerado nuestros derechos, será lo que determine nuestro correcto manejo de esta emoción.
¿Cómo podemos gestionar mejor los enfados?
- Toma conciencia de qué es lo que te está ocurriendo y qué te molestando.
- Muestra tu enfado desde la asertividad y el acercamiento, no desde la agresividad y ruptura de la relación.
- Responsabilízate del enfado, es decir, reconoce que eres tú mismo quien está experimentando el malestar, no es la otra persona quien nos lo causa.
- Explica lo que necesitas, la otra persona no tiene la responsabilidad de adivinar cómo queremos que nos trate.
- Escucha la perspectiva del otro, sin responsabilizarte de su posible enfado. Podemos preguntarle cómo se siente con lo que le hemos dicho y qué es lo que le ha molestado.
- Nuestro interlocutor puede estar o no de acuerdo con lo que sentimos, pero el enfado será el motor que nos ayudará a tomar decisiones respecto a lo que nos molesta.
Cuando el enfado no se expresa, se acumula, dañando tanto a uno mismo como a su entorno, y haciendo que durante ese tiempo nos vayamos convenciéndonos más de que teníamos razones para enfadarnos y, por supuesto, para continuar enfadados. Por lo tanto, te animo a expresarlo, desde el equilibrio y la asertividad, con el fin de ir mejorando nuestra gestión emocional y autocontrol, sin que sea necesario llegar a estallar de forma desproporcionada y pudiendo generar un daño.
Finalmente, si consideras que el enfado ha comenzado a afectar a tus relaciones y partes importantes en tu vida y/o te sientes cabreado, malhumorado, irritable y/o saltas con facilidad ante el menor estímulo, sería muy recomendable pedir ayuda psicológica.

